Esta receta es de lo más sencilla, pero para que el resultado sea perfecto, debes tener en cuenta algunos trucos clave. El pan es fundamental: esta receta nace como receta de aprovechamiento, por lo que lo ideal es utilizar pan del día anterior (o incluso de algunos días), ya que cuanto más seco, mejor absorberá la leche sin deshacerse. Si bien existe el pan específico para torrijas, no es estrictamente necesarios, y puedes optar por una barra de miga prieta o cualquier otro tipo de pan, basta que sea de calidad y poco alveolado. Cuando pongas a remojar las torrijas, no las dejes demasiado tiempo, para evitar que se saturen de leche: deben quedar jugosas, pero no deshacerse al manipularlas. El añadido de los cítricos en la infusión es opcional, pero aporta matices de sabor y aroma que marcan toda la diferencia. Fríelas en aceite bien caliente (unos 170-180 °C, según el aceite que elijas) para que se sellen rápidamente y no absorban exceso de grasa.
Variantes
Las torrijas pueden adaptarse al gusto de múltiples maneras. Una de las más tradicionales es la torrija al vino, en la que el pan se empapa en vino tinto en lugar de leche, y también es habitual terminarlas bañadas en almíbar ligero en vez de rebozarlas en azúcar. En algunas regiones se caramelizan con azúcar y se queman ligeramente con soplete, con lo que se crea una fina capa crujiente similar a la de la crema catalana. Otras versiones más contemporáneas apuestan por rellenos de crema pastelera o por infusionar la leche con vainilla o anís. Y también hay recetas que, si bien no son de torrijas, se asemejan mucho en su preparación y también se comen tradicionalmente en la época de Semana Santa, como la leche frita, típica del País Vasco y de la región de Castilla y León, o los borrachuelos malagueños.
Origen e historia de las torrijas
La orígenes de esta deliciosa receta se remontan a los antiguos romanos, que se dice que alimentaban a los gladiadores con pan remojado en leche y miel para que recuperaran las fuerzas. En el recetario de gastrónomo romano Marco Gavio Apicio, que data del siglo i, ya puede encontrarse el primer antecedente de las torrijas que conocemos hoy. Luego, en el siglo xv aparecen mencionadas como “torrejas” en documentos del escritor español Juan del Encina, que recoge entre los detalles de la receta el uso de miel y huevos. Durante siglos, las torrijas se asociaron a la Cuaresma y la Semana Santa, cuando la abstinencia de carne llevaba a buscar alternativas energéticas a base de pan, leche y huevo. Además de la tradición católica, el hecho de ser una receta de aprovechamiento para no desperdiciar el pan duro es una de las claves que explica su permanencia en el tiempo y su arraigo en la cocina doméstica española.
Con qué acompañar las torrijas
Las torrijas se disfrutan solas, templadas o a temperatura ambiente, pero combinan especialmente bien con un café intenso o un chocolate caliente espeso. Para convertirlas en un postre con todas las letras, pueden servirse con una bola de helado de vainilla, que le dará un contraste de texturas y temperaturas. Y algunas recetas modernas se atreven a incluir rellenos como crema pastelera o chocolate, que hacen de este dulce un plato aún más suculento.
Cómo conservar las torrijas
Por su textura crujiente, lo ideal es comer las torrijas en el momento o durante el mismo día que se preparan. Sin embargo, también pueden conservarse en la nevera, bien tapadas, durante 2 o 3 días. Si están rebozadas con azúcar, es preferible colocarlas en un recipiente amplio sin apilarlas demasiado y tener en cuenta que el pan se irá humedeciendo y perdiendo su textura crujiente a medida que pase el tiempo. Y si llevan almíbar, conviene guardarlas en su propio jugo para mantener la humedad y evitar que se resequen. A la hora de consumirlas, pueden tomarse frías o templarse ligeramente en el microondas.