2026 no será un año de grandes gestos, sino de decisiones precisas. La gastronomía entra en una fase más estratégica, donde cada elección, del producto al servicio, construye identidad. En un contexto saturado de estímulos, gana terreno quien sabe simplificar, seleccionar y ofrecer propuestas con sentido. Más que inventar nuevos códigos, el sector los reinterpreta. Cambian los modelos de restaurante, se transforman los rituales del vino y la coctelería, y la alimentación cotidiana incorpora valores culturales, éticos y emocionales. Comer deja de ser solo consumo para convertirse en expresión personal, experiencia compartida y pertenencia.
Las tendencias de 2026 hablan menos de técnica y más de actitud. Cómo queremos sentarnos a la mesa, con quién, durante cuánto tiempo y con qué grado de implicación. En ese cruce entre hospitalidad, placer y conciencia se dibuja el nuevo paisaje gastronómico.