Desde el set de la última campaña de S.Pellegrino.
En el restaurante elegido por S.Pellegrino como escenario de la campaña Spark, Lewis Hamilton comparte mesa con tres amigos de toda la vida, y la conversación fluye como el agua en las copas.
Sin guion ni rigidez: solo amigos reunidos en torno a platos compartidos y relatos que surgen de manera espontánea, uno tras otro.
Es precisamente ahí donde toma forma el corazón de la campaña: una mesa en cuyo centro la botella de agua S.Pellegrino se convierte en el punto de partida de algo más. En la etiqueta, preguntas inesperadas invitan a salirse de lo convencional y a abrir conversaciones auténticas, hechas de recuerdos, ironía y momentos imprevisibles.
Y Lewis Hamilton, entre un bocado, un sorbo y una carcajada, es su catalizador natural.
Italia según Lewis
Entre las historias que emergen, hay una con sabor a nostalgia. Hamilton rememora cuando tenía 14 años, en los inicios de su carrera en Italia.
Describe una casa que parece sacada de una película (“casi un castillo, parecía que vivía Drácula”, dice textualmente) y una lasaña preparada por la familia de su mecánico. El veredicto es claro: la mejor de su vida. Y, sobre todo, imposible de volver a encontrar. Un recuerdo sencillo, pero cargado de esa autenticidad que solo la comida y las personas con las que la compartes pueden dejar.
Siguiendo con el tema culinario, Hamilton bromea sobre uno de sus primeros “choques culturales” en Italia. Cuando pedía algo ligero, quizá una ensalada, la respuesta solía ser… una alternativa entre pizza o pasta. “Pedía una ensalada y me miraban como diciendo: ¿qué es una ensalada?”, cuenta sonriendo. Una anécdota que enciende de inmediato la mesa, entre risas y comentarios, y que describe mejor que cualquier guía el carácter decidido y apasionado de la cocina italiana.
El primer “negocio” entre los pupitres
Pero la comida, para Hamilton, siempre ha sido también algo muy práctico. Entre bromas, reaparece un recuerdo de infancia que dice mucho más de lo que parece.
En la escuela no le gustaba el almuerzo que llevaba de casa: demasiado blando, poco apetecible. Así que encontró su propia solución: lo vendía a sus compañeros. Con ese dinero se compraba dulces, transformando un problema cotidiano en una pequeña oportunidad. Un gesto sencillo, casi instintivo, que hoy suena como la primera señal de una mentalidad acostumbrada a encontrar siempre una salida.
La carne misteriosa
La conversación deriva luego hacia hábitos alimentarios de dudosa procedencia. Hamilton recuerda con una sonrisa los kebabs que comía de joven. “No teníamos ni idea de dónde venía esa carne”, cuenta, mientras alguien en la mesa aporta la definición perfecta: “mystery meat”.
Risas colectivas y ese sentimiento compartido de ligereza que solo ciertos recuerdos pueden provocar, aquellos que hacen pensar en cómo el sabor importa más que todo lo demás.
De la cocina… a los desastres en la cocina
Si en la mesa Hamilton es un observador curioso, frente a los fogones admite sin dudar sus limitaciones.
¿Su plato estrella? Las fajitas. Pero con un detalle no menor: el kit preparado. Y cuando intenta ir más allá, el resultado es memorable… pero por las razones equivocadas. “Era tan horrible que ni el perro quería comerlo”, cuenta entre las risas generales.
Un momento que rompe cualquier distancia y muestra a un Hamilton completamente distinto al de las pistas: autoirónico, espontáneo, humano.
Una cita (demasiado) costosa
Entre las anécdotas más sinceras, también aparece el relato de una cita juvenil que terminó en una espiral de pánico.
Hamilton recuerda haber llevado a una chica a un restaurante claramente por encima de sus posibilidades. Ella pide sin dudar platos, vino, más platos, mientras él, al otro lado de la mesa, empieza a hacer cálculos. En cierto momento se levanta, va al baño y llama a su madre: no está seguro de tener suficiente dinero en la tarjeta. “Estaba sudando, casi pensaba en escaparme”, admite riendo.
Al final logra pagar, pero el recuerdo permanece. Más por la ansiedad que por la velada.
Adrenalina pura (también en la mesa)
Luego, como suele ocurrir en conversaciones entre amigos, el tono cambia. Se pasa de los recuerdos ligeros a los más intensos.
Hamilton habla de un viaje a Madagascar, de un helicóptero suspendido sobre el agua y de una decisión repentina: saltar. No es un salto cualquiera. Hay que abrir la puerta y “salir”, evitando las hélices y también los tiburones. Es uno de esos momentos en los que el miedo es real, pero también es lo que lo atrae.
Porque, como él mismo explica, ponerse en situaciones incómodas es una forma de ponerse a prueba, de no dejar que sea el miedo quien decida.
Una historia que viene de lejos
Esta actitud, en el fondo, no es nueva. Hamilton cuenta que de niño trepaba por todas partes, se caía de los árboles y buscaba constantemente ir más allá de los límites. Hasta el punto de que, un día, su padre le preguntó en broma a su madre: “¿Seguro que es mi hijo? Este está loco.”
La mesa estalla en carcajadas. Pero detrás de la broma ya está todo: el impulso, el coraje, esa inclinación natural a desafiar los límites.
La conversación como experiencia
Entre platos que llegan y copas que se llenan, el tiempo pasa sin darse cuenta. Se habla de comida, de viajes, de música, de miedos y de sueños. Se ríe, se bromea, se interrumpen unos a otros. Y es precisamente en esa fluidez donde toma forma el corazón de la experiencia: la mesa no es solo un lugar donde comer, sino un espacio donde las historias cobran vida.
S.Pellegrino lo cuenta así: como un momento capaz de unir, sorprender y crear conexiones auténticas.
Y observando a Hamilton, entre recuerdos de lasañas perfectas, pequeños ingenios de su infancia y citas para olvidar, queda claro por qué.
Porque las mejores conversaciones no se construyen: simplemente suceden. Y a menudo empiezan así, alrededor de una mesa.